viernes, 5 de enero de 2018

PAREDES DE PAPEL

Observando y observando comprendemos como estamos formados, de que materia, de que energía (positiva o negativa), que nos mueve y que nos paraliza.

Hoy sigo observando, dentro y fuera, fuera y dentro impresionada de todo lo que percibo.

Si contemplo fuera percibo caos y paz, algo indispensable para que nada se quede en el lugar en que hace un segundo estaba; si contemplo dentro percibo movimiento donde todo deja de tener orden y que colocarse momentáneamente donde debe estar requiere de un espacio y tiempo para de nuevo volver a moverse y volver a iniciar el cambio tan necesario que nos haga movernos.

Llevo tiempo sin entrar en el blog. no por falta de interés, sino porque lo que quería expresar todavía no tenia forma.

Somos "paredes de papel" donde todo lo que sucede en nuestra sociedad y de forma indirecta nos afecta y queda impregnado en nosotros, dando fortaleza o ligereza a nuestros modos de comportar. Somos como periódicos que si nos miramos detenidamente  podemos comprobar como nos hemos cuidado, que pasos hemos dado en cada decisión  tomada y de que estamos alimentados en todos los aspectos. Es por ello, que propongo un juego..

"Imaginemos por un segundo que todos los edificios de una gran ciudad son las personas que en ella conviven. Sus cuerpos son las estructuras que nos permiten ver la grandeza o pequeñez de los edificios, los cristales son las experiencias vividas, los jardines las emociones de las que estamos formadas, la amplitud de la ciudad el trabajo personal que cada uno se otorga a sí mismo para avanzar ante todo reto de la vida."

¿Ya te lo has imaginado? ¿Y que ves? ¿Es una ciudad hermosa o por el contrario es una ciudad con una gran oscuridad? Veas lo que veas, no te dejes eclipsar porque al segundo de lo observado todo cambiará. 

El abrirse a percibirse como un edificio, da cavidad a poder entender que sucede en la ciudad en la que convives, así como el modo en que uno transita por ella y la capacidad que tiene para poder asimilar lo que en ella sucede. 

Creo en la grandeza humana y del mismo modo creo en lo poco en que la persona se siente identificada con el lugar en donde reside ya que si fuese así, la sociedad que todos formamos sería mucho más acorde a lo que realmente necesitamos, a lo que realmente necesita cada uno que forma la sociedad sin planteamientos banales sobre la mayoría de lo que eclipsa la realidad "relativa" de un mili-segundo de cada una de nuestras vidas.

Somos paredes de papel que necesitamos ir  cambiando cada impregnación del que formamos dando cavidad a otras impregnaciones que tienen que llegar y que nos permitirán hacer un nuevo enfoque de sociedad necesario para evolucionar.

Hoy entre y deje un pequeño destello de luz frente a la inmensidad de luces que forman un universo san diverso y tan interesante de tener en cuenta, para que las ventanas de nuestros edificios puedan permitir la entrada de nuevas experiencias que hasta ahora las experiencias vividas no permitían dejar entrar la luz renovada de lo que sucede en "el momento".

Un abrazo 

Africa

miércoles, 28 de junio de 2017

LA PAREJA COMO ESPEJO

Quienes no tenemos pareja estable anhelamos encontrar una y mantener la ilusión de que la felicidad completa se alcanza con otro con quien compartir la vida cotidiana.

Quienes sí tenemos a nuestro lado una pareja desearíamos tener otra vida, mientras alimentamos la fantasía de que podríamos ser más felices si nuestra pareja cambiara, si fuera más amable o más dispuesto a satisfacernos.

¿Es esperable que nuestra pareja cambie? En verdad, si hubiera algo que quisiéramos cambiar, tendríamos que revisar cómo hemos constituido nuestra pareja desde el origen, qué recursos personales hemos ofrecido para el armado del vínculo amoroso y sobre todo, qué acuerdos hemos alcanzado juntos respecto al devenir de nuestras vidas.

Pero además hay algo fundamental que deberíamos tener en cuenta: nuestra pareja refleja muchos aspectos propios que no reconocemos como tales. Nuestra pareja es nuestro espejo. Un espejo en el que a veces no querríamos reconocernos. Nuestra pareja - la persona con quien compartimos nuestra intimidad, nuestras angustias y dolores, nuestro presente y nuestras esperanzas - es un campo de proyección estupendo. Todo aquello que admiramos, pero también todo aquello que nos molesta o no admitimos de nosotros mismos, encuentra un cauce para manifestarse en el otro. Y viceversa. Nosotros también manifestamos parte de la sombra que nuestro partenaire no admite como propio.

En la vida cotidiana, esto nos resulta un embrollo. Porque al final no sabemos muy bien dónde ubicar aquello que nos enfada. ¿Nuestra pareja es demasiado sumiso/a y poco arriesgado/a? Tal vez nosotros estamos acostumbrados a liderar, imponiendo nuestros gustos y queriendo imponer nuestras razones. Sería pertinente pensar que solo podríamos habernos emparejado con alguien dispuesto a adecuarse a nuestros gustos, aunque luego no nos simpatice ¡que se adapte tanto! ¿Nuestra pareja vive como si estuviera solo/a sin incluirnos en sus decisiones?

Podríamos suponer que al momento de emparejarnos, nuestra libertad y nuestra autonomía eran valores indiscutidos y estábamos preparados para vincularnos solo en la medida en que cada uno conservara ámbitos de independencia y autogestión, aunque ahora nos demos cuenta de que no nos sentimos tan amados como hubiéramos imaginado. ¿Nuestra pareja tiene estallidos recurrentes y termina generando violencia conyugal?

Es probable que los conflictos hayan sido moneda corriente en nuestras familias de origen y que hayamos aprendido que a través de las batallas afectivas fluye una corriente amorosa. En cualquier caso, eso que nos molesta de nuestra pareja en alguna medida también nos pertenece, aunque no tengamos conciencia de ello.

Por eso no parece pertinente pretender que el otro cambie. Sin embargo, sí sería oportuno aprovechar ese espejo auténtico y veraz para conocernos más. Para formularnos preguntas respecto a nuestro ser interior y observar mucho más allá que nuestro pequeño punto de vista personal. Para ello, tendremos que observar los escenarios completos. Por ejemplo, si las mujeres pretendemos un hombre maduro, responsable, abierto, generoso, disponible y atento a cualquier necesidad ajena, como mínimo va a buscar una mujer con un nivel similar de madurez emocional. ¿somos esa mujer?

Otro ejemplo: si nos hemos emparejado porque el varón era divertido, teníamos buena química, había atracción sexual y las salidas sociales eran el punto en común, probablemente la vida en pareja sea entretenida. Pero si luego nace un niño y la atracción sexual queda en el olvido y el cansancio nos inunda, no podremos pretender que el señor que vuelve todas las noches a casa se convierta por arte de magia en alguien que no es: serio, preocupado y conectado con nuestra intimidad emocional. Y si nos hemos emparejado con un hombre-niño sometido a los deseos de su propia madre - que también se somete sin protestar a nuestras decisiones -, es un esquema que nos permite manejarnos con libertad en todas las áreas de nuestra vida. En compensación, tal vez ese individuo se enferme, se deprima o se quiera ir de casa, harto de estar sometido a nuestras denuncias hirientes por haberse convertido en la peor pareja del mundo.

Quiero decir, nuestras parejas se convierten en un campo de proyección espectacular, permitiéndonos observar y registrar todo lo que nosotros mismos generamos sin darnos cuenta.

¿Qué podemos hacer? En primer lugar aprovechar la vida en pareja como un espejo magnífico donde mirarse y comprenderse, y convertirnos también en el mejor espejo para nuestro partenaire.

Comprender que erigir y sostener una pareja no es - per se - garantía de amor ni de comprensión.

Es probable que ambos deseemos construir algo bonito juntos, pero tendremos que conversar honestamente sobre lo que cada uno puede ofrecer a favor del otro, ya que la rutina puede ser muy dura de sobrellevar. Además, tendremos que sincerarnos y darnos cuenta de que en nombre del amor pretendemos sostener un sistema de pareja en el que intentamos amarnos, pero a veces estamos agotados de rabia y desencanto. Por eso en algunas ocasiones, aumentamos las exigencias hacia nuestro partenaire, suponiendo que una sola persona debería colmar todos los agujeros afectivos que arrastramos desde tiempos remotos.

También creemos que merecemos ciertos cuidados y atención que - suponemos - deberían ser cubiertos por nuestra pareja dentro de las modalidades que hemos fantaseados que son las correctas. En verdad todo esto podría ser un gran malentendido, sobre todo si nuestras ambiciones están basadas en fantasías, en lugar de habernos abocado con conciencia y humildad a cimentar una relación amorosa basada en la realidad de quiénes somos - cada uno de nosotros - y de quién es el otro.

Para ello, el primer paso es abordar nuestra realidad emocional real. Para acercarnos a nuestra realidad interior, es decir, a todo aquello que sentimos, que nos duele, que nos vitaliza, que anhelamos, que tememeos o que nos reconforta, tenemos que conocernos más y sobre todo comprendernos más. Sin juicios de valor, sin considerar nada bueno o malo, correcto ni incorrecto, sino observando con un manto de compasión cuáles han sido nuestras  experiencias amorosas a lo largo  de la vida - empezando por nuestra infancia - qué entrenamiento hemos adquirido para vincularnos con los otros y qué estamos listos  para aprender de los demás. Esta disponibilidad y apertura para conocernos y compadecernos será la llave mágica para relacionarnos con ternura y aceptación con nuestra pareja, aunque haya nimiedades de la vida cotidiana que no nos gusten. Para amar al otro necesitamos tomar la decisión de amarlo.

¿Contribuir a vivir en paz dentro de una pareja sirve para algo más que para el confort personal? Entiendo que a todos nos interesa aportar un granito de arena a favor de un mundo más amable, más solidario e igualitario, más interesado en elevarnos espiritual, intelectual y creativamente. Para ello, tenemos que comprender que los enfados personales solo fueron recursos de supervivencia en el pasado, pero que hoy no tienen razón.

Estoy convencida de que las revoluciones históricas se gestan y se amasan dentro de cada relación amorosa. Entre un hombre y una mujer. Entre un adulto y un niño. Entre dos hombres o entre cinco mujeres. En ruedas de amigos. En el seno de familias solidarias. Hoy tenemos la obligación de ofrecer nuestras habilidades, nuestra inteligencia emocional y nuestra generosidad al mundo, que tanta falta le hace.

Texto extraído de MENTE SANA
Escrito por: Laura Gutman
Psicoterapeuta y escritora