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miércoles, 28 de junio de 2017

LA PAREJA COMO ESPEJO

Quienes no tenemos pareja estable anhelamos encontrar una y mantener la ilusión de que la felicidad completa se alcanza con otro con quien compartir la vida cotidiana.

Quienes sí tenemos a nuestro lado una pareja desearíamos tener otra vida, mientras alimentamos la fantasía de que podríamos ser más felices si nuestra pareja cambiara, si fuera más amable o más dispuesto a satisfacernos.

¿Es esperable que nuestra pareja cambie? En verdad, si hubiera algo que quisiéramos cambiar, tendríamos que revisar cómo hemos constituido nuestra pareja desde el origen, qué recursos personales hemos ofrecido para el armado del vínculo amoroso y sobre todo, qué acuerdos hemos alcanzado juntos respecto al devenir de nuestras vidas.

Pero además hay algo fundamental que deberíamos tener en cuenta: nuestra pareja refleja muchos aspectos propios que no reconocemos como tales. Nuestra pareja es nuestro espejo. Un espejo en el que a veces no querríamos reconocernos. Nuestra pareja - la persona con quien compartimos nuestra intimidad, nuestras angustias y dolores, nuestro presente y nuestras esperanzas - es un campo de proyección estupendo. Todo aquello que admiramos, pero también todo aquello que nos molesta o no admitimos de nosotros mismos, encuentra un cauce para manifestarse en el otro. Y viceversa. Nosotros también manifestamos parte de la sombra que nuestro partenaire no admite como propio.

En la vida cotidiana, esto nos resulta un embrollo. Porque al final no sabemos muy bien dónde ubicar aquello que nos enfada. ¿Nuestra pareja es demasiado sumiso/a y poco arriesgado/a? Tal vez nosotros estamos acostumbrados a liderar, imponiendo nuestros gustos y queriendo imponer nuestras razones. Sería pertinente pensar que solo podríamos habernos emparejado con alguien dispuesto a adecuarse a nuestros gustos, aunque luego no nos simpatice ¡que se adapte tanto! ¿Nuestra pareja vive como si estuviera solo/a sin incluirnos en sus decisiones?

Podríamos suponer que al momento de emparejarnos, nuestra libertad y nuestra autonomía eran valores indiscutidos y estábamos preparados para vincularnos solo en la medida en que cada uno conservara ámbitos de independencia y autogestión, aunque ahora nos demos cuenta de que no nos sentimos tan amados como hubiéramos imaginado. ¿Nuestra pareja tiene estallidos recurrentes y termina generando violencia conyugal?

Es probable que los conflictos hayan sido moneda corriente en nuestras familias de origen y que hayamos aprendido que a través de las batallas afectivas fluye una corriente amorosa. En cualquier caso, eso que nos molesta de nuestra pareja en alguna medida también nos pertenece, aunque no tengamos conciencia de ello.

Por eso no parece pertinente pretender que el otro cambie. Sin embargo, sí sería oportuno aprovechar ese espejo auténtico y veraz para conocernos más. Para formularnos preguntas respecto a nuestro ser interior y observar mucho más allá que nuestro pequeño punto de vista personal. Para ello, tendremos que observar los escenarios completos. Por ejemplo, si las mujeres pretendemos un hombre maduro, responsable, abierto, generoso, disponible y atento a cualquier necesidad ajena, como mínimo va a buscar una mujer con un nivel similar de madurez emocional. ¿somos esa mujer?

Otro ejemplo: si nos hemos emparejado porque el varón era divertido, teníamos buena química, había atracción sexual y las salidas sociales eran el punto en común, probablemente la vida en pareja sea entretenida. Pero si luego nace un niño y la atracción sexual queda en el olvido y el cansancio nos inunda, no podremos pretender que el señor que vuelve todas las noches a casa se convierta por arte de magia en alguien que no es: serio, preocupado y conectado con nuestra intimidad emocional. Y si nos hemos emparejado con un hombre-niño sometido a los deseos de su propia madre - que también se somete sin protestar a nuestras decisiones -, es un esquema que nos permite manejarnos con libertad en todas las áreas de nuestra vida. En compensación, tal vez ese individuo se enferme, se deprima o se quiera ir de casa, harto de estar sometido a nuestras denuncias hirientes por haberse convertido en la peor pareja del mundo.

Quiero decir, nuestras parejas se convierten en un campo de proyección espectacular, permitiéndonos observar y registrar todo lo que nosotros mismos generamos sin darnos cuenta.

¿Qué podemos hacer? En primer lugar aprovechar la vida en pareja como un espejo magnífico donde mirarse y comprenderse, y convertirnos también en el mejor espejo para nuestro partenaire.

Comprender que erigir y sostener una pareja no es - per se - garantía de amor ni de comprensión.

Es probable que ambos deseemos construir algo bonito juntos, pero tendremos que conversar honestamente sobre lo que cada uno puede ofrecer a favor del otro, ya que la rutina puede ser muy dura de sobrellevar. Además, tendremos que sincerarnos y darnos cuenta de que en nombre del amor pretendemos sostener un sistema de pareja en el que intentamos amarnos, pero a veces estamos agotados de rabia y desencanto. Por eso en algunas ocasiones, aumentamos las exigencias hacia nuestro partenaire, suponiendo que una sola persona debería colmar todos los agujeros afectivos que arrastramos desde tiempos remotos.

También creemos que merecemos ciertos cuidados y atención que - suponemos - deberían ser cubiertos por nuestra pareja dentro de las modalidades que hemos fantaseados que son las correctas. En verdad todo esto podría ser un gran malentendido, sobre todo si nuestras ambiciones están basadas en fantasías, en lugar de habernos abocado con conciencia y humildad a cimentar una relación amorosa basada en la realidad de quiénes somos - cada uno de nosotros - y de quién es el otro.

Para ello, el primer paso es abordar nuestra realidad emocional real. Para acercarnos a nuestra realidad interior, es decir, a todo aquello que sentimos, que nos duele, que nos vitaliza, que anhelamos, que tememeos o que nos reconforta, tenemos que conocernos más y sobre todo comprendernos más. Sin juicios de valor, sin considerar nada bueno o malo, correcto ni incorrecto, sino observando con un manto de compasión cuáles han sido nuestras  experiencias amorosas a lo largo  de la vida - empezando por nuestra infancia - qué entrenamiento hemos adquirido para vincularnos con los otros y qué estamos listos  para aprender de los demás. Esta disponibilidad y apertura para conocernos y compadecernos será la llave mágica para relacionarnos con ternura y aceptación con nuestra pareja, aunque haya nimiedades de la vida cotidiana que no nos gusten. Para amar al otro necesitamos tomar la decisión de amarlo.

¿Contribuir a vivir en paz dentro de una pareja sirve para algo más que para el confort personal? Entiendo que a todos nos interesa aportar un granito de arena a favor de un mundo más amable, más solidario e igualitario, más interesado en elevarnos espiritual, intelectual y creativamente. Para ello, tenemos que comprender que los enfados personales solo fueron recursos de supervivencia en el pasado, pero que hoy no tienen razón.

Estoy convencida de que las revoluciones históricas se gestan y se amasan dentro de cada relación amorosa. Entre un hombre y una mujer. Entre un adulto y un niño. Entre dos hombres o entre cinco mujeres. En ruedas de amigos. En el seno de familias solidarias. Hoy tenemos la obligación de ofrecer nuestras habilidades, nuestra inteligencia emocional y nuestra generosidad al mundo, que tanta falta le hace.

Texto extraído de MENTE SANA
Escrito por: Laura Gutman
Psicoterapeuta y escritora

viernes, 17 de enero de 2014

LA ALEGRÍA, LA MEJOR MEDICINA

Estar alegre es un estado, una elección personal que todos podemos tomar y que incide sobre la buena salud. De alguna forma eso siempre se ha sabido, pero ahora cuenta ya con el aval de la ciencia.

Los guaranies utilizan habitualmente la expresión: Hague'ÿramo ñambohaguéne, ha haguéramo jahague'óne, que quiere decir "Si está pelado, le pondremos pelos; y si tiene pelo, lo pelamos", una frase optimista con lo que está por venir que dice mucho de ellos.

Los guaraníes son un pueblo nativo de la zona amazónica correspondiente al sur de Brasil, el norte de Argentina, Paraguay y Bolivia. Como agricultores y pescadores, sienten un gran respeto por su entorno natural, pero también fueron grandes guerreros; sin embargo, por su nande reko, su manera de ser, se les describe como una cultura alegre. 

La naturaleza les acompaña; sus tierras son regadas por caudalosos ríos y la selva les brinda la carne y los frutos que precisan. Todo esto permitió a sus antepasados disponer de bastante tiempo libre que transformaban en alegría, expresada mediante fiestas que se alargaban varios días, sobre todo cuando la cosecha de maíz había sido buena. En esas ocasiones, se bebía la chicha caqui, un preparado a base de maíz fermentado que todavía se toma en varias zonas andinas y que se ofrece al visitante como símbolo de hostilidad.

La cultura guaraní defiende la alegría como forma de vida, sentimiento que los define. En la última década como parte de un programa gubenarmental para respetar la cultura guanarí, se inició un proceso de revalorización del nande reko, esa interpretación de la "vida buena" que parte de un equilibrio entre el bien tener y el bien estar individual y colectivo de los guaraníes, sus ideas sobre el desarrollo, la participación, la vida, la felicidad, la justicia y el derecho.

La sabiduría popular de numerosas culturas coincide en varias cosas: la importancia de tomarse la vida con tranquilidad y cierta distancia, el valor de la alegría y de la mirada positiva del mundo, y las consecuencias que puede traer el hecho de ser constantemente negativos tener odio o ser envidiosos, guardarse para sí las emociones o montar el cólera a cada momento. Cuerpo y mente ¿están relacionados?

Solo hace 23 años, en 1985, la doctora Marcia Angell, que también fue editora de la prestigiosas revista New England Journal of Medicine, publicó un artículo en el que hacia la siguiente afirmación: "Nadie ha demostrado de manera inequívoca que un estado mental pueda causar o curar una enfermedad", Ciertamente, la discusión sobre la existencia de una relación entre la mente y el cuerpo ocupó a médicos, filósofos, poetas y sacerdotes durante muchos siglos.

Hasta el establecimiento de un abordaje científico, con métodos estadísticos fiables y técnicas de laboratorio que permitían medir variaciones en las concentraciones de neurotransmisores, era difícil demostrar algunas de estas hipótesis, por lo que las explicaciones caían en el saco del folclore o de la psicología popular e, incluso eran el blanco de algunos cómicos. En 1975, Woody Allen estrenó "La última noche de Boris Grushenko", donde afirmaba irónico: "Los seres humanos se dividen en mente y cuerpo. La mente incluye las aspiraciones más nobles, como la poesía y la filosofía, pero el cuerpo aporta toda la parte divertida".

Sin embargo, actualmente, quizá ya estemos en disposición de analizar mediante la ciencia la veracidad de afirmaciones del tipo "la melancolía se asocia al cáncer" que hace 2.500 años aventuro Galeno, uno de los pioneros de la medicina, simplemente a partir de la observación de los enfermos.

Las investigaciones para demostrar la relación entre salud y estado de ánimo son recientes. Numerosos grupos de investigadores están tratando de proporcionar datos numéricos a cuestiones como: ¿Tiene consecuencias positivas sobre la salud el hecho de ser alegre?, ¿cuántos años de vida saludable ganan las personas que tienen una visión positiva de la vida? O, por el contrario: ¿La tristeza hace realmente que nuestra salud sea más precaria?. 

La sociedad occidental está acostumbrada a considerar la salud desde una perspectiva individualizada y medicalizada, un punto de vista que, ante una enfermedad concreta, se centra en la identificación del factor de riesgo o la causa y en darle respuesta mediante una intervención, como si todas las dolencias tuvieran que seguir un patrón aparentemente simple de las infecciones: bacteria - síntomas - antibiótico - curación.

Una de las signaturas pendientes es combatir la cultura de la pastilla, la medicina del síntoma.

En los últimos años ha habido ciertos avances y se lucha por lograr un abordaje más completo, como es el caso de la hipertensión arterial, en el que hay varios factores de riesgo (colesterol, sedentarismo, sobrepeso, tabaco) y su tratamiento es una combinación de recomendaciones dietéticas e higiénicas (evitar factores de riesgo, dieta, ejercicio) y solo cuando lo anterior no funciona, se aplican medicamentos.

Sin embargo, la cultura de la pastilla sigue teniendo gran peso. Todavía es difícil pensar en políticas de la salud o sociedades médicas que se detengan a valorar de una manera seria y fiable otros aspectos de la persona. ¿Tu médico de cabecera ha tratado de cuantificar el grado de estrés al que te encuentras sometido cada día como te analiza la función cardíaca con un electrocardiograma? ¿Alguien te ha pedido que te hicieras un test para conocer tu grado de optimismo igual que te somete a un análisis para conocer si tu tiroides funciona de manera correcta? ¿Existe alguna escala para que el médico de familia pueda valorar de una manera rápida y fiable la capacidad de reírse, como el obstetra mide la amplitud de las cadenas cuando una mujer se queda embarazada por primera vez?

Empecemos por ahí. Reírse, ¿es bueno?. Una revisión bastante completa de los estudios publicados sobre las influencias del humor y la risa en la salud reconoce que, a pesar de algunos intentos, es difícil llegar a conclusiones sobre el efecto positivo directo de la risa y el buen humor en enfermedades como el cáncer o las afecciones cardiovasculares. Ahora bien, si existen datos concluyentes sobre los efectos saludables del humor como mecanismo para contrarrestar el impacto de los acontecimientos que provocan estrés. El humor y la risa aumentan la capacidad para relajarse.

La rabia, la envidia o el estrés continuo dañan el sistema cardiovascular y acentúan el dolor. Varios estudios demuestran que las personas con mayor sentido del humor tienen una autoestima más sólida, raramente están solas, se deprimen mucho menos y sufren poco estrés. Todo ello se traduce en una mayor puntuación en los tests que miden la calidad de vida.

En Octubre de 2007, la revista de la American Medical Association publicó un artículo de tres psicólogos de las universidades Carnegie Mellon de Pennsylvania y British Columbia de Vancouver sobre el estrés psicológico y la enfermedad. Tras una detallada revisión, concluyeron que el estrés es un factor importante en algunas enfermedades, como la depresión o la enfermedad cardiovascular y posiblemente esté asociado, aunque todavía es necesario investigar más, con infecciones de las vías respiratorias, asma, infecciones por el virus del herpes, algunas enfermedades autoinmunes o la mala cicatrización de las heridas. Es decir, parece cierto que las emociones negativas repetidas y mal gestionadas son un factor de riesgo para padecer enfermedades cardíacas. Y este efecto se ha detectado ya en la adolescencia. y continúa en la edad adulta y en la vejez.

Asimismo, otros rasgos de la personalidad, como la hostilidad, también tienen consecuencias negativas sobre la salud, si tomamos como referencia a personas que no tienen tan marcados estos rasgos.

Por otro lado, tras un seguimiento de tres años a hombres y mujeres de mediana edad, en el marco de un estudio sobre la incidencia del cariño en la vida diaria, realizado en el departamento de Epidemiologia y Salud Pública del University College de Londres, los autores confirmaron que a mayor felicidad percibida, menores son las cifras de tensión arterial de los participantes, lo que se asocia a mejor salud cardiovascular.

Y para no limitarnos al ámbito de las enfermedades del corazón, varios estudios han demostrado que una reducción del estrés, mediante técnicas como la meditación, disminuye la percepción del dolor en pacientes que tienen cuadros crónicos y dolorosos, como la artritits reumatoidea.

El buen humor combate el estrés y reduce el periodo de convalecencia del enfermo.

En definitiva, más allá de los dichos populares, o quizás confirmándolos, la investigación científica nos demuestra que ser alegre y reír a menudo tiene un efecto positivo sobre la salud, por lo menos a la hora de mejorar nuestra relación con el estrés diario. Y no cabe duda de que esto, a su vez, tiene consecuencias positivas y bien demostradas sobre nuestra salud.

La alegría no se puede forzar o hacer constante, pero sí favorecer con un estilo de vida positivo.

Además, ser alegre mejora las relaciones sociales, lo que no es baladí, porque nos aporta muchos de esos pequeños grandes momentos, de esas pequeñas grandes cosas que van llenando nuestros depósitos cerebrales de oxitocina, una hormona que contribuye a reducir ulteriormente el estrés (pero esta ya es otra historia).

Pero entendamos bien la alegría. En palabras del músico brasileño Vinícius de Moraes, es su linda Samba de la bendición:

Es mejor ser alegre que triste
la alegría es la mejor cosa que existe:
es como la luz del corazón
pero para hacer una samba bella
se necesita una pizca de tristeza
si no, no se hace una samba, no (...)

Y es que el mismo modo que la psicología positiva no nos pide que vayamos por la vida con unas gafas de cristales rosados, que la alegría sea positiva para la salud tampoco quiere decir que tengamos que reír de todo como bobos. Tendríamos que intentar ser optimistas y tomarnos la vida con alegría... siempre que podamos. Como dice el escritor Luis Fernando Veríssimo: "El mundo es como un espejo que devuelve a cada persona el reflejo de sus propios pensamientos. La manera cómo usted encara la vida es lo que marca la diferencia".

Albert Figueras
Doctor de Medicina y 
Profesor de la Universidad 
Autónoma de Barcelona



sábado, 11 de enero de 2014

VIVIR DESDE EL APRECIO

Fijarnos en lo que no funciona de nuestra vida es una perspectiva limitada y limitante. Observar cada situación centrándonos en los aspectos positivos permite solucionar problemas y, además hace florecer nuestras fortalezas.

La palabra apreciar tiene varios significados entre ellos "sentir afecto o estima hacia alguien", "reconocer el mérito de alguien o de algo" y "aumentar el valor o cotización de una momenda en el mercado de divisas" Las dos primeras aceptaciones son las más obvias; todos hemos dicho alguna vez que apreciamos a alguien, y sabemos también que apreciar implica valorar o reconoce las cualidades de las personas y las cosas. El tercer significado, el que se usa en el mundo de la economía y las finanzas, tal vez nos es menos familiar: cuando una moneda pierde valor en el mercado, se devalúa o se deprecia.

Lo mismo sucede en nuestras vidas psicológica: aquello que apreciamos crece o aumenta de valor en nuestra vida; mientras que lo que no apreciamos disminuye o se devalúa. Por ello, el doctor Tal Ben-Shahar, uno de los profesores más reconocidos en el campo de la psicología positiva, suele afirmar: "Lo que apreciamos se aprecia". Este principio aparentemente sencillo y redundante, tiene un gran impacto en nuestra felicidad y en nuestras relaciones con los demás.

Algo muy curioso es que el aprecio no solo reconoce las cualidades que ya existen sino que las nutre y la potencia. Esta es la base de una metodología muy poderosa, la indagación apreciativa (Appreciative Inquiry), desarrollada por el doctor David Cooperrider, de la Universidad Case Western Reserve (EE.UU). Originalmente, surgió como una herramienta para favorecer el funcionamiento de ciertas organizaciones y, actualmente, tiene implicaciones en muchos ámbitos, desde la vida familiar hasta el desarrollo comunitario y la planificación urbanística. La indagación apreciativa consiste, como su nombre sugiere, en indagar o investigar desde una postura de aprecio. Se trata de tener la curiosidad y hacer preguntas sobre lo que está bien en las organizaciones y en las personas. Sin embargo estamos acostumbrados a observar qué está mal para poder arreglarlo y mejorar. Si, por ejemplo, nuestro hijo llega de la escuela con unas notas de 9 en biología, 8.7 en química, 9,5 en literatura y 6 en matemáticas, ¿sobre qué hablaremos primero? Muy probablemente le diremos "¿Porqué tienes una nota tan baja en matemáticas?".

Nuestra lógica suele decirnos que lo que ya va bien no necesita tanta atención, que hay que centrarse en los puntos débiles. La indagación apreciativa - y otras metodologías emparentadas con ella, como el trabajo centrado en soluciones - propone una perspectiva diferente: fijarnos primero en lo que ya funciona, en lo que ya está bien, en lo que hay que preservar, como punto de partida para el desarrollo y la transformación de las relaciones, las familias y las organizaciones.

¿Cómo se leva esto a la práctica? Imaginemos que un consultor llega a una empresa y, en una reunión con los empleados, les pide que contesten a estas preguntas:

* ¿Qué es lo mejor de trabajar en esta empresa?

* ¿Cuál fue el logro más importante que esta compañía consiguió el año pasado?

* ¿De qué se sienten más orgullosos en su trabajo como organización?

* ¿Cuáles han sido los comentarios más positivos que han recibido de sus clientes?

* ¿Cuál creen que ha sido el mayor acierto de la Dirección en estos tiempos?

* ¿Cuáles de sus talentos pueden poner en práctica en el trabajo cotidiano?

* ¿Cuál es su sueño para el futuro de la empresa?

Cuando se invita a las personas a observar y apreciar lo que hacen bien, se genera mucho entusiasmo y energía, surgen nuevas ideas y se empiezan a contemplar posibilidades que antes no se imaginaban. Es más productivo partir de lo que ya funciona, de las fortalezas, para seguir construyendo sobre ellas. En este proceso, primero se aprecian los logros y aciertos ya existentes; después se invita a soñar sobre cómo pueden ser las cosas si se construye sobre estos; y, después se planea e implementa el camino para lograrlo.

La perspectiva del aprecio no se limita a lo laboral; es muy útil en el hogar y en la familia,  ¿cuántas veces dejamos de las cualidades y acciones de nuestra pareja solamente porque ya estamos tan acostumbrados a ellas que ya no las vemos? Es una pena, pero no tiene por qué ser así...

Dawn Cooperrider, Jen Hetzel Silbert, Ada Jo Marin y Diana Whitney han escrito un libro sobre las dinámicas familiares positivas (Positive Family Dynamics, Taos Institute Publication, 2008) en el que ofrecen muchísimas opciones para apreciar lo mejor de nuestras familias en las diferentes etapas de la vida. En el caso de las "malas" notas  en matemática que comentábamos hace un momento, sugieren, por ejemplo, preguntarle al niño: "Dejemos de lado las matemáticas por un instante. Cuéntame de tu materia favorita, ¿cómo lo haces para ser tan bueno?. Escuchar con atención e interés su respuesta y, más adelante, decirle: "Oye, ¿y qué sería bueno para mejorar en matemáticas?

En lugar de preguntar a nuestro hijos qué han hecho hoy en la escuela - a lo que casi siempre responden: "nada" - , las autoras proponen preguntas como ¿Qué es lo más creativo que habéis hecho hoy?, ¿Cuál ha sido el mejor momento del día? o ¿Qué ha sido lo más interesante que has aprendido?". La idea es que hay preguntas que invitan a respuestas de una sola palabra - bien, nada, si, no - mientras que otras requieren reflexionar más y, probablemente, generan respuestas más ricas.

Dawn Cooperrider y sus colaboradores proponen también formular las preguntas apreciativas para fortalecer la historia y la identidad familiar. Sugieren, así, compartir algunas anécdotas de la familia para enorgullecernos de formar parte de ella. Otro ejercicio por nuestros familiares, preguntándonos: ¿Qué es lo que más admiro y valoro de esta persona y cómo se lo puede decir?" Los cumpleaños, aniversarios o celebraciones especiales son un buen momento para comunicar al festejado cuánto lo apreciamos y queremos.

El aprecio puede servir también para hacer planes de futuro en familia. Si se acerca el verano, podemos preguntar a cada integrante de la familia cuáles fueron sus vacaciones favoritas y por qué, para tratar de incorporar algunos de esos elementos a nuestros días de verano. La visión del pasado también se puede enriquecer si lo exploramos con aprecio y curiosidad. Nuestros abuelos son una fuente maravillosa de historias y experiencias; podemos hacerles muchísimas preguntas para que nos cuenten cómo vivían en el pueblo, qué era lo mejor de ser tantos hermanos y hermanas...

Cuando hacemos preguntas basadas en el aprecio, no solo obtenemos información sino que fortalecemos la relación con la persona que contesta y, probablemente, contribuimos a que su identidad se vea fortalecida. Recordemos que, al apreciar las cosas y a las personas, estas crecen y aumentan de valor. Si ponemos atención en lo que apreciamos en nosotros mismos y en los demás, todos ganamos.

Margarita Tarragona
Doctora en psicología 

viernes, 27 de diciembre de 2013

TU MEJOR AMIGO ERES TÚ

Para que nuestra autoestima eche raíces y florezca, hemos de tratarnos con respeto, como lo haría un amigo.

En esta sociedad se está engendrando un fenómeno generalizado que amenaza con enturbiar nuestra felicidad personal: el "automaltrato psicológico". Yo lo definiría como la forma que tiene el ser humano de castigarse y mutilarse a través del pensamiento negativo, causando graves  heridas en su autoestima. Algunos síntomas de este nuevo síndrome son:

* Ante un reto, la mente argumenta: "No serás capaz, tú solo no puedes, eres menos que los demás".

* Sentimos constantemente que hay algo que falla en nosotros mismos.

* Ante un descuido o un pequeño error las palabras que salen de la boca por inercia son: "Qué tonto soy", "¡Seré idiota!" o cualquier descalificación similar.

* Sentimos que nada de lo que hacemos es suficiente para estar satisfechos con nosotros mismos.

* No somos capaces de mirarnos con comodidad al espejo o sentimos rechazo hacia el propio cuerpo.

* En el caso de que seamos capaces de observar nuestro cuerpo, lo único que vemos son los defectos. Los ojos buscan con avidez las zonas que más disgustan reafirmando así el pensamiento negativo de que nuestro cuerpo no es válido ni estimable tal como es, lo cual genera profunda frustración.

Imaginemos ahora que tenemos un amigo que constantemente está descalificándonos y desaprobándonos; que hagamos lo que hagamos, siempre encuentra un "pero" a nuestro comportamiento; que nos dice constantemente lo feo que es nuestro cuerpo y la cantidad de defectos que tiene; que nos insulta cuando tenemos una pequeña equivocación; que es incapaz de ofrecernos amablemente una palabra de apoyo o de aliento; o que, cuando nos sentimos verdaderamente vulnerables y decaídos, no nos trata con amor ni compasión ni nos arropa ni nos cura las heridas sino todo lo contrario, nos dice que espabilemos de una vez y nos hace sentir culpables por nuestra debilidad.

TRATARSE CON AMABILIDAD

Lo más lógico, y la mayor muestra de amor hacia uno mismo, sería mandar a este amigo bien lejos de nosotros. Todos nos rebelaríamos y le haríamos ver que no estamos dispuestos a aguantar el despotismo.

¿Te gustaría tener siempre a tu lado a alguien así? Visto desde fuera, esta claro, ¿verdad? Nadie con una autoestima sana toleraría la compañía de alguien que le maltrata sistemáticamente. Entonces, ¿por qué hay tanta gente que elige convivir con su maltratador interno? ¿No se dan cuenta de que tener una compañía así es perjudicial para la salud mental?

Digámonos a nosotros mismos lo que diríamos a un amigo que nos trata de esta manera tan irrespetuosa. Dejémosle bien claro que, a partir de ahora, si pretende relacionarse con nosotros, tendrá que acercarse con amor, con tolerancia, con respeto, con amabilidad y con una mirada positiva. ¡Que no hayan dudas al respecto: se permite la crítica constructiva, pero de ninguna forma la destructiva!

CUESTIÓN DE PRÁCTICA

Es absolutamente necesario aprender a ser tolerantes con nosotros mismos, dejar de criticarnos, ser amables y pacientes con nuestra persona y aprender a valorar aquellas cosas que sabemos hacer bien.

Lo sano es aprender a ser más permisivos con uno mismo y también adoptar el hábito de mimar nuestro cuerpo y considerarlo como lo que es: la herramienta que tenemos para transitar por la vida, el instrumento que nos permite abrazar a los que amamos, lo que nos proporciona una buena parte del placer de esta vida, lo que nos permite sentir ...

Sólo es una cuestión de práctica, sólo hace falta poner la lupa en el lugar correcto, poner la lente de aumento en todas las cosas positivas que hay en nosotros, que son muchas.

Si queremos vivir con más plenitud y satisfacción, empecemos a aceptar y valorar lo que ya somos. Y dejemos, de una vez por todas, de dormir con nuestro propio enemigo.

Maite Doménech
Psicoterapeuta y coordinadora
de talleres sobre autoestima

VIVIR SIN DEPENDENCIAS

Lo cierto es que detrás de cada una de nuestras dependencias se esconde una utopía infantil: vivir una vida de placer y bienestar continuo, libre de dolor.

Sólo renunciando a esa ilusión podremos madurar y alcanzar la satisfacción de una vida auténtica, en libertad y sin adicciones.

En una tarde apacible de verano, ver llover sobre las plantas en la galería de casa, caminar descalzo sobre el césped, sentarme a comer mi plato favorito en la compañía deseada, deslizarme con el coche por la carretera escuchando la música de mi juventud; la dulce intimidad de una noche amorosa que se demora hasta el amanecer; el sobresalto al leer, viajando en el metro, el rotundo punto final de ese poema de Borges; el intenso aroma del café que me están preparando, percibido apenas mientras sigo remoloneando en la cama.

Son experiencias de placer que, en nuestra versión particular, todos apreciamos en la vida. Pequeños momentos de felicidad que perseguimos y merecemos. ¡Y eso está muy bien! Pero también encierra un peligro; si esta búsqueda de placer se convierte en nuestro único objetivo, si creemos que la felicidad consiste sólo en eso, en una sucesión de placeres, podemos caer fácilmente en la trampa de las dependencias. Veamos cómo:

LA RELACIÓN CON EL PLACER

Desde tiempos remotos, el placer ha supuesto un gran misterio para el hombre. Si nos preguntamos cuál es la esencia del placer, nos enzarzamos en una investigación complicadísima porque al parecer no hay patrones que lo rijan: las cosas más dispares nos pueden provocar placer y, con el debido adiestramiento, casi todo puede llegar a ser placentero, incluso el sufrimiento mismo, incluso lo destructivo. ¿Cómo es posible?

Hay cosas que nos gustan y que, además, nos gusta que nos gusten. Los atardeceres sobre el mar, por ejemplo. Nos gusta reconocernos y ser reconocidos como personas sensibles, capaces de conmoverse por los matices del naranja y el rojo del sol hundiéndose en el mar. Hay cosas que no nos gustan, pero nos gustaría que nos gustasen; determinada música contemporánea podría ser el caso. Eso demostraría que somos personas cultas, de intereses estáticos diversos, capaces de encontrar la belleza donde todos hallan ruidos incomprensibles.

Hay cosas que nos gustan, a veces muchísimo, pero no nos gusta que nos gusten, como ese programa chabacano de la tele o hurgarnos con la lengua la oquedad de una muela. Demuestra que tenemos aspectos que juzgamos tontos u ordinarios y no nos gusta mostrarlos. Mantenernos así una colección privada de placeres secretos, casi nunca compartidos. Vemos entonces que la relación con nuestro placer es a veces armónica y a veces conflictiva.

EL PLACER NO ES SUFICIENTE

Hay también en el placer un elemento que debemos considerar y es lo que llamábamos antes el adiestramiento o educación para el placer. A todos nos gusta espontáneamente desde niños, lo dulce, sin embargo, los sabores amargos y ácidos de algunas bebidas o alimentos llegan a valorarse sólo con insistencia, introduciéndolos poco a poco hasta que logramos apreciarlos intensamente. Puede suceder que algo llegue a gustarnos sólo después de un largo aprendizaje que incluye un esfuerzo, emprendimiento tan sólo porque estamos convencidos que aquello es algo bueno, bello o muy meritorio. Por ejemplo, disfrutar de poder correr diez kilómetros o de tocar la serie completa del "Clave Bien Temperado", de Bach.

Por extraño que parezca, también puedo entrenarme con gran ahínco para encontrar placer en producirme pequeños cortes con una navaja en el antebrazo y, si tengo éxito, los cortes serán cada vez mayores. ¿En qué momento de mi historia y bajo qué circunstancias logré anudar el goce con esa actitud autodestructiva? Difícil saberlo, pero es harto frecuente hallar situaciones humanas en las cuales el placer, el dolor y la autodestrucción se hallan entretejidas en una trama de apariencia indisoluble.

SALIR DE LA TRAMPA

Como hemos visto en algunos de nuestros ejemplos, el placer va "hacia la vida" y, en otros, se dirige "hacia la muerte". Parece ser, entonces, que sólo el placer, él y por sí mismo, si bien necesario, no es suficiente para informarnos acerca de lo que solemos llamar "lo bueno de la vida".

Entonces,  ¿por qué nos encallamos a veces en esa búsqueda desesperada del placer, aun a costa de nuestra integridad física y psicológica? ¿En que trampa caemos? La psicología nos ha enseñado, desde hace mucho tiempo, que existe una tendencia espontánea y universal en el hombre al desear algo totalmente imposible: permanecer en estados carentes de conflictos y, por lo tanto, de sufrimiento, indefinidamente prolongados en el tiempo; estados permanentes en los cuales todos nuestros deseos pueden cumplirse sin generar desacuerdos ni confrontaciones de ningún tipo.

Esta fantasía infantil, anidada en lo profundo de nuestra mente inconsciente, se resiste a incluir la alternancia entre placer y dolor como una regla básica de la condición humana. Esta utopía de la ausencia del sufrimiento suele conducir a las personas a atrincherarse en las mil variantes de los paraísos artificiales, algunos más peligrosos que otros. Al final, el dolor que se intentó evitar irrumpe multiplicado e inmanejable.

Esta creencia, a todas luces un poco loca, forma parte de la raíz y naturaleza de nuestro ego. El pensamiento oriental nos señala la vía de salida de esta trampa ilusoria al enseñarnos que tanto el placer como el dolor son experiencias alternantes y perecederas, que deben ser transitadas; no descartadas sino trascendidas.

APRENDER A REGULARLO

Los seres humanos somos muy complejos. Si nos comparamos con nuestros hermanos los animales, nuestro funcionamiento mental es de mucha mayor envergadura. A medida que fuimos adquiriendo esa complejidad, la satisfacción de las necesidades y la obtención de placer fue haciéndose cada vez más sofisticada y comenzó a alejarse de los primitivos objetos y situaciones capaces de proporcionar satisfacción.

Así es como el puro hambre biológico dio lugar a los refinados apetitos satisfechos hoy por el arte culinario, o la actividad sexual dejó de estar marcada por el celo y la necesidad reproductiva para devenir en un fin en si misma, cuyo objetivo es, la mayoría de las veces, la obtención de placer. Accedemos entonces a lo que el filósofo Michel Foucault llama "el uso de los placeres". La palabra "uso" alude a la posibilidad de acceder al placer de la misma forma en que utilizamos cualquier instrumento a conveniencia, un destornillador, un CD o un automóvil.

La posibilidad de gestionar el placer implica una verdadera revolución en la historia de los seres vivos y es exclusivamente humana. Se origina así una nueva serie de problemas acerca de cuáles son las mejores maneras de hacerlo ya que tempranamente se advierte que, librado a su antojo, el placer puede resultar nocivo. Todas las religiones, sistemas morales e ideologías, cada una en su momento, han tenido algo que decir sobre este espinoso asunto. Pero lo que está claro es que, de una manera u otra, debemos aprende a regular nuestro placer para no convertirnos en sus esclavos.

Las situaciones de dependencia quedan establecidas cuando la persona comienza a vivir por y para el objeto de su placer. Es algo parecido a lo que le ocurrió al aprendiz de brujo de aquella fábula antigua: un joven estudiante aprende espiando al viejo brujo, cómo hacer para que los cubos de agua se llenen y vacíen solos, y la escoba barra por si misma, sin que él deba ocuparse de manejarla. Cuando le toca asear el gabinete, echa mano de las palabras mágicas y pone en funcionamiento el hechizo. Todo funciona bien hasta que se da cuenta de que no conoce el conjuro para detenerlo. El viejo brujo llega para frenar el caos, evitando justo a tiempo que el infeliz aprendiz muera ahogado. Pero, en el caso de las adicciones, el viejo brujo no suele llegar a tiempo.

EL ENGANCHE PSICOLÓGICO

Es indudable que existen adicciones físicas, pero en todas el enganche psicológico desempeña un papel fundamental, como demuestra el hecho de las personas que se puedan enganchar a conductas, por ejemplo, jugar a las máquinas traga-perras, o que cuando un adicto "se limpia" de una sustancia química, al poco, se enganche a otra.

La utilización de sustancias químicas añade un elemento dramático al descalabro de la persona porque complica su salud corporal y empeora su pronóstico, pero el puntapié inicial esta dado por una tendencia a resolver los conflictos a través de una conducta infantil regresiva y negadora, a evitar enfrentar el dolor, a conducirse omnipotente y mágicamente con los deseos, a refugiarse en la fantasía de resoluciones ilusorias y evasivas de los problemas que la vida nos trae a todos inevitablemente.

Y así podemos tornarnos dependientes a una cantidad interminable de situaciones como el juego, una relación de pareja nociva, el trabajo, ... Pero podemos escoger liberarnos de todas esas adicciones si tomamos el camino de la lucidez; reconociendo que la vida está constituida por situaciones buenas y malas, y que lo decisivo es nuestra actitud frente a las mismas.

Alejandro Napolitano
Psiquiatra y psicoterapeuta gestáltico

lunes, 23 de diciembre de 2013

LA FUERZA DE LA CONFIANZA

Confiar viene de fe, fe en la vida, en las personas y en uno mismo. Es una fuente inagotable de fuerzas que liberan esperanza, seguridad y optimismo y, por lo tanto, alegría y bienestar.

Sin ella, la vida personal languidece y la social, se resiente.

Cuentan que tres príncipes fueron invitados por el conde de Wertemberg a pasar una agradable velada con él y su familia. Se encontraban los tres compartiendo los motivos de la riqueza de sus respectivos reinos. El primero hablaba de las minas de gemas ricas y los verdes bosques de su reino. El segundo exaltaba las maravillas de los vinos y el trigo del que disponía su país. Y el tercero relataba las victorias de las fuerzas armadas de su reino. El conde reflexionó después de escuchar detenidamente a sus tres invitados y dijo que su reino no podía vanagloriarse de ninguno de esos haberes. No obstante, creía disponer de un gran tesoro: podía reclinar su cabeza sobre el regazo de cualquiera de sus súbditos con la absoluta tranquilidad de ser bien acogido. Tras un largo silencio, los tres príncipes coincidieron unánimemente en que su anfitrión era, ciertamente, mucho más rico que cualquiera de ellos por cuanto podía depositar entera confianza en sus súbditos, algo que ellos no podían hacer.

En efecto, las personas incapaces de confiar son las más pobres, por sentirse aisladas y vivir en soledad. Y es que la confianza - prima hermana de la veracidad y de la honestidad -, así como el hacerse digno de ella, es el puntal que sostiene el resto de las virtudes del carácter y debe fundar, al igual que el pilar inquebrantable de un edificio, la construcción de nuestros proyectos de vida.

Todas y cada una de nuestras relaciones, desde las más significativas hasta las más nimias, están basadas en la confianza. En nuestra relación de pareja, en la educación de nuestros hijos, en las transacciones comerciales que llevamos a cabo, en los vínculos de amistad, en el entorno del trabajo, en el asociacionismo - tanto en la comunidad, como en la ciudad o el barrio -, en la administración pública ..., el asunto central es siempre una cuestión de confianza. En el éxito de cualquier empresa, proyecto o grupo juega un papel crucial la fuerza de la unión de sus miembros; y esta es, sin duda, producto de la confianza.

En términos sociohistóricos nos tendríamos que remontar a la época en que el homínido fue capaz de tener conciencia de sí mismo y darse cuenta de que se desenvolvía en un medio desconocido, hostil y repleto de peligros. Fue entonces, cuando encontró en la asociación con otros miembros de la especie la clave de su seguridad y supervivencia. El vínculo social explica nuestra evolución y el desarrollo civilizador, y tal cohesión se fundamenta en la confianza mutua.

Imaginemos por un momento que, en nuestro día a día, los maestros en cuyas manos dejamos a nuestros hijos, o los conductores de los medios de transporte público que usamos, los médicos que nos ayudan a mantener nuestra salud, los productores y manipuladores de los alimentos que consumimos.... no fueran dignos de confianza. ¡El mundo se tornaría un caos irresoluble! Confiar viene de fe; fe en la vida, en las personas y en uno mismo. Confiar es tener la certeza de que mañana volverá a salir el sol. Es creer que nuestro interlocutor cumplirá su palabra. Es tener la seguridad en nuestra propia capacidad de crecer y aprender, de transformarnos y mejorar.

Confiar es una cualidad fundamental del ser humano, común - según exponen Kavelin y Popov en su Guía de las virtudes para la familia avalada por la Unesco - a todas las culturas del planeta.

Confiar consiste en tener por verdadera, en el fondo de nuestro corazón, esta premisa: en todo lo que nos trae la vida hay un don incorporado o una situación propicia para el aprendizaje. Pues confiar es creer, y creer es - según el gran filósofo español Eugenio Trías - dar crédito a una afirmación. El mero hecho de conferir credencial a los valores potenciales que encierra la existencia nos capacita a esperar el futuro con ilusión. Como dijo Laurence Cornu, catedrática de Formación des Maîtres: 

"La confianza es una hipótesis sobre la conducta futura del otro. Es una actitud que concierne al futuro, en la medida en que este futuro depende de la acción del otro. Es una especie de apuesta que consiste en no inquietarse por no controlar al otro y al tiempo".

Pero ¿cómo infundirnos confianza? Es una facultad que empieza a gestarse durante la primera infancia y en los vínculos que vamos estableciendo con los adultos de nuestro entorno. El recién nacido requiere del calor y el afecto del adulto, que día a día va cubriendo sus necesidades básicas y le va enseñando a vivir. Este caminar basado en el apoyo y acompañamiento efectivo tendrá como fruto a una persona que crecerá con confianza en sí misma y en los demás. Los castigos arbitrarios y desproporcionados, la represión, la ausencia de muestras claras y explícitas de afecto incondicional y desinteresado generará adultos inseguros y recelosos. Este extremo ha sido estudiado y corroborado por investigaciones empíricas. Incluso se confirma en las especies animales, los estudios más conocidos son los realizados con perros maltratados, que se comportan de forma huidiza y adoptan, todo el tiempo, posturas defensivas o de agresividad.

La clave para generar sentido de confianza en uno mismo y en los demás es el desarrollo de una identidad personal sana. Esta se empieza a forjar desde la primera infancia con la participación directa y activa de las personas de nuestro entorno, mediante las formas comunicativas que usan para dirigirse a nosotros. Si los mensajes son del tipo "¡Qué torpe eres!", "¡Nunca acabas lo que empiezas!", "¡Siempre estás igual!" o "`¡No seas vago!", interiorizaremos o incorporaremos esa imagen de nosotros. Este tipo de conceptos de uno mismo obstaculizan el despliegue de la autoconfianza. Y al tener dudas acerca del propio potencial, la persona se sentirá insegura en sus relaciones con los demás, que a su vez, también carecerán del sentido de confianza.

La vía adecuada para crecer con confianza es justamente la contraria: hacer reconocimientos y verbalizar elogios cuando los actos sean correctos; y proponer mejoras a través de un lenguaje, preñado de razones, que indiquen las virtudes que se han descuidado y la necesidad de su práctica. Los mensajes que deberíamos trasladar a los pequeños deberían ser del siguiente tipo: "Necesitas coger las cosas con más tacto para que no se te caigan de las manos", "Con determinación podrás acabar esto que has empezado, del mismo modo en que lo finalizaste el otro día" o "Si eres mas responsable con todo lo tuyo, lo que ahora te ha sucedido quizá no volverá a ocurrir". Este lenguaje, de una forma paulatina y casi sin darnos cuenta, va engendrando confianza en nosotros y en los demás, con lo cual se cubren ambas caras de esta moneda: confiar y ser a la vez, confiable. De ahí que el rol que juegan los padres, las personas cercanas y los maestros sea determinante en la gestación de una personalidad equilibrada, segura de sí misma y con confianza en su entorno.

Dicen que una noche se produjo un incendio en una casa y la familia salió corriendo mientras las llamas destruían la totalidad del edificio. Se dieron cuenta de repente, que faltaba el menor de los hijos: un niño de cinco años, que asomaba la cabeza por la ventana del piso superior y miraba hacia abajo.  Ya no había posibilidad de entrar en la casa, que ardía en llamas, para sacar al pequeño. El niño pedía auxilio mientras su padre lo observaba con angustia. 

- Salta - le decía el padre.
- No te veo, papá - respondía el hijo.
- Pero yo sí te veo. Eso es suficiente. ¡Vamos salta!

El niño saltó, y en los brazos de su padre se salvó.

La confianza es un camino que hay que recorrer de por vida, y su reflejo se observa tanto en los asuntos privados como en las cosas comunes que a todos nos afectan. Y pese a que el trayecto más importante debemos recorrerlo durante la tierna infancia, después se nos presentan frecuentes retos, que debemos tomar como momentos propicios para el cultivo de esta cualidad fundamental que es la vida y llegados a la edad adulta, muchas personas descubren sus inseguridades y una gran dificultad para confiar en los demás, poniendo de este modo en serio peligro los proyectos vitales que tengan o puedan desarrollar a lo largo de su vida.

La salubridad de las relaciones humanas, la construcción de una cultura de veras democrática, el progreso de la administración de la equidad: todo está basado en la virtud de la confianza. Y es el necesario para superar los contextos de crisis. Para ello, resulta imprescindible modular y reconvertir al crítico despiadado que llevamos dentro en una voz positiva de recuerdo. Cuán a menudo escucho en mi consulta la demanda de alguien que me dice: "Quisiera que me ayudarás a tener una mayor confianza en mí mismo".

El déficit de confianza es el responsable de la toma de innumerables decisiones erróneas y, por lo tanto, el causante de la mayoría de nuestros desastres vitales. Constituye, de este modo, la principal fuente del maltrato al que nos solemos someter a nosotros mismos., al imputarnos el demérito de no saber ser mejores. Un claro ejemplo de ello son nuestras elecciones de pareja, en las que nuestra intuición y sentido común ya nos alertan, muchas veces, de que esa relación no es la que nos conviene; pero he aquí que nuestro aciago crítico interior se empeña en advertirnos de que no encontraremos nada mejor para nosotros.

En mi práctica terapéutica suelo encontrarme con parejas que buscan ayuda tras haber cometido, alguno de sus miembros, algún tipo de infidelidad. Pese a lo que a muchos les pueda parecer, no existen recetas prefijadas de condena para este tipo de acciones. Sin el menor ánimo de hacer apología de la infidelidad, observo que algunas de estas parejas salen fortalecidas de semejante experiencia, mientras que otras perecen y llegan a la separación. Una sola condición distingue las primeras de las segundas: el saber restablecer la confianza entre ellos, lo que requiere profundizar en las razones que causaron tales experiencias y aprender de las lecciones que se ocultan tras ellas, pero sobre todo, tener la grandeza de espíritu y altura de miras de preferir reparar tan sería lesión a la confianza antes de tomarla por clausurada. Entonces, y solo entonces, la relación puede continuar y fortalecerse.

La incredulidad solo puede generar una sola cosa: temor y malestar, dudas e insatisfacción. La inquietud que nos produce nos reprime y no nos deja actuar; dificulta la toma de decisiones, bloquea las iniciativas, colapsa la acción y paraliza nuestras vidas. La confianza, por el contrario, constituye una fuente inagotable de fuerzas misteriosas que liberan esperanza, seguridad y optimismo, y, por lo tanto, alegría y bienestar.

Rosa Rabbani
Dra. en psicología y
especialista en terapia familiar sistémica

lunes, 16 de diciembre de 2013

LA EMPATÍA, LA CLAVE DE LA RELACIONES

La empatía cognitiva y la empatía emocional nos permiten acercarnos y comprender a los demás, y dan lugar a la empatía solidaria que está en la base de las grandes transformaciones humanas. Es una fuerza natural que nos impulsa hacia la sociedad empática, sabía y solidaria que está pugnando por nacer.

La empatía, la capacidad de ponernos en la piel de otra persona, es el fundamento de las relaciones interpersonales. Es clave para el bienestar personal y para el bien común. La manera solidaria. Un proverbio de los inicios indios norteamericanos decía: "No juzgues a una persona sin haber caminado varios kilómetros con sus mocasines". Lo de los mocasines no ha de tomarse literalmente, pero está claro que no podemos entender a los demás sin participar de algún modo de su experiencia. Y mejor entenderemos su experiencia cuanta mas claridad tengamos sobre la nuestra. Para entender qué sienten los demás, antes necesitamos entender qué sentimos nosotros.

Podemos distinguir tres tipos de empatía, como hace el psicólogo Daniel Goleman en su obra más reciente Focus (Kairós). La empatía cognitiva nos permite entender el estado mental de otra persona, contemplar el mundo desde el marco de su ventana. La empatía emocional, por su parte, nos permite sentir en nuestro propio cuerpo un eco de las emociones que siente otra persona. Está ya muy de desarrollada en los bebés, que fácilmente se ponen a llorar cuando oyen llorar a otros, o sonríen cuando les sonreímos. "Nuestro sistema nervioso está diseñado para experimentar la alegría o la tristeza de otras personas", escribe Goleman. Ambas, la empatía cognitiva y la empatía emocional, dan fruto en la verdadera virtud social de la empatía, cuando la usamos en beneficio de quienes nos rodean. Es lo que podemos denominar con más precisión solidaridad empática (Goleman la llama empathic concern).

No hay ética sin empatía, pero la empatía cognitiva y la empatía emocional pueden tener usos no virtuosos si la solidaridad empática está ausente. A su manera, hay criminales que usan la empatía para manipular mejor a sus víctimas, tal como la emplean los publicistas para manipular mejor a las víctimas de sus anuncios. Por otra parte, los buenos cirujanos bloquean su empatía emocional (no es necesario que sientan el dolor que siente el paciente) en beneficio de la solidaridad empática que está en el fondo de toda práctica médica. El cultivo de la empatía, por cierto, debería estar más presente en las facultades de medicina. Una de las quejas más en alza entre los pacientes es la falta de empatía de los médicos. Todos habremos pasado por la desagradable experiencia de estar ante un médico que mira constantemente a la pantalla del ordenador y apenas nos mira a los ojos. Se ha comprobado que los médicos que se interesan empáticamente por lo que sienten sus pacientes realizan diagnósticos más precisos y efectivos. De hecho, la empatía con los pacientes es para muchos médicos la parte más gratificante de su trabajo.

"La codicia está de baja; la empatía, en alza". Así empieza el libro La edad de la empatía (Tusquets), el primatólogo Frans de Waal, que ha mostrado cómo la empatía forma parte del comportamiento habitual de muchos primates. La codicia parece haber llegado a su máxima expansión, pero hasta hace pocos años se veía como algo natural, incluso sano. Ahora ya no. Ha perdido su prestigio, y cada vez más voces nos recuerdan que el provecho individual no tiene sentido si no beneficia simultáneamente a la sociedad y al planeta.

El prestigio de la codicia se sustentaba en parte en la visión neodarwinista de la evolución biológica, que ha hecho creer a millones de personas que la naturaleza es un campo de batalla de todos contra todos. Dicha visión sigue en auge, pero la biología teórica está reconociendo cada vez más el papel de la cooperación y de la simbiosis en el despliegue de la evolución (como argumentaba brillantemente la biológa Lynn Margulis). Cada vez que tenemos más evidencias científicas sobre cómo la empatía y la confianza desempeñan un papel clave en todo tipo de animales sociales, nosotros incluidos. Desde esta perspectiva, la destructividad no es intrínseca a la naturaleza humana, sino a que a menudo se origina cuando el bebé fracasa repetidamente en sus esfuerzos por recibir empatía.

Frans de Waals ha mostrado que hay mucha más continuidad que discontinuidad entre las formas humanas de empatía, compasión y bondad y las que encontramos en los simios. Los primates tienen una enorme capacidad de comprender lo que siente el otro a partir de sus gestos, sonidos y expresiones. Los chimpancés se besan y abrazan después de haberse peleado. Se han observado numerosos ejemplos de primates que acuden a rodear con su abrazo a la víctima de una pelea, o que se ven afectados por el dolor de otros. Experimentos de mediados del siglo XX ya mostraron que los monos Rhesus se negaban a tirar una cadena que les proporcionaba comida si ello iba acompañado de una descarga que hacia sufrir a un compañero (uno pasó doce días sin comer nada para no dañar a otros).

Nuestra capacidad ética, lejos de ser un artificio caído del cielo, es una continuación de los instintos sociales que compartimos con otros primates así como con los delfines y los elefantes. Frans De Waal también afirma que el ser humano es un "simio bipolar", porque somos capaces de ser más altruistas que cualquier otro animal, pero también somos capaces de ser mucho más crueles. Tenemos, como personas, un potencial para lo mejor y para lo peor. Y en la encrucijada actual, nuestra sociedad también puede evolucionar hacia lo mejor o involucionar hacia lo peor.

Como señala el analista de tendencias Jeremy Rifkin, necesitamos un nuevo tipo de civilización, una "civilización empática".De hecho existen notables indicios de que la empatía humana ha sido extendiéndose a través de los siglos. Así, se ha expandido lo que podríamos llama nuestro horizonte ético: el que abarca a todos aquellos que identificamos como nuestros semejantes. En la antigua Atenas, el horizonte ético solo abarcaba a los hombres libres allí nacidos: mujeres, esclavos y forasteros no eran ciudadanos de pleno derecho. Los derechos se han ido extendiendo a todos los ciudadanos y ciudadanas, y en las últimas décadas han cobrado fuerza iniciativas que aspiran a ampliar el horizonte ético más allá de lo humano, afirmando nuestra responsabilidad hacia los animales, los ecosistemas o la Tierra entera. En Los ángeles que llevamos dentro (Paidós). Steven Pinker intenta demostrar una tesis sorprendente: la violencia ha ido disminuyendo a través de la historia, tanto en la escala de los últimos milenios como en la de las últimas décadas.

Siguen existiendo atrocidades como la tortura y la esclavitud, pero antes se consideraban normales y hoy nadie en su sano juicio es capaz de justificarlas en público. Las actitudes han cambiado. Pinker se esfuerza en encontrar mecanismos objetivos que expliquen esta tendencia hacia la bondad. Uno sería, por ejemplo, el progresivo auge de la lectura. La lectura de un texto nos permite empatizar con la perspectiva de su autor. Pero, además, muchos textos (las buenas novelas son el caso paradigmático) nos permiten ponernos en la piel de personajes con una experiencia vital muy distinta a la nuestra. Por otra parte, la expansión de las comunicaciones ha contribuido a que podamos ver el mundo desde una perspectiva más amplia que la de nuestros antepasados. Por debajo de estos hechos objetivos podría haber también, como creemos algunos, una tendencia natural hacia la evolución de la conciencia, en cada persona y en la humanidad en su conjunto.

Adaptando un ejemplo que ponía hace un siglo el científico finlandés Edward Westermarck, al igual que no podemos evitar sentir dolor si el fuego nos quema, tampoco podemos evitar sentir la solidaridad empática por lo que sienten nuestros amigos. Y no porque nuestros "genes egoístas" inventen enrevesadas artimañas (según querrían complicadas explicaciones materialistas), sino porque la bondad humana es algo espontáneo. El sabio chino Mencio lo ilustraba con la angustia y la compasión que cualquier persona en su sano juicio sentiría si ve a un niño a punto de caer en un pozo. La empatía hace que nos sintamos mal con el sufrimiento de los otros y que intentemos aliviarlo. De esa fuerza natural nace el poder del amor.

En 1922 León Tolstoi se mostraba convencido de que el ser humano del futuro "será una criatura sumamente interesante y atractiva, y de que su psicología será muy distinta de la nuestra". Incluso un célebre economista como John Maynard Keynes imaginó un futuro en el que el afán de lucro y la codicia serían considerados "inclinaciones semipatológicas". Nuestra mejor oportunidad para construir un mundo mejor es transformarnos en lo que Rifkin llama homo empathicus, extendiendo nuestra empatía natural al conjunto de la humanidad y de la biosfera. Como señalaba hace medio siglo Erich Fromm "por primera vez en la historia, la supervivencia física de la especie humana depende de un cambio radical, en el corazón humano". Una nueva sociedad, empática, sabía y solidaria, pugna por nacer. La mayor transformación de nuestra época es la que ha de ocurrir en el corazón humano, la mayor fuente conocida de energía limpia y renovable.

ACTUAR CON EMPATÍA ES...

* Mirar a la persona: sus ojos, sus gestos. No quedarse meramente en lo que dicen sus palabras. Oírlas verdaderamente, escuchando el sentir que late detrás de ellas. La clave de la empatía emocional es adentrarse en los sentimientos y las motivaciones de la otra persona.

* Compartir un interés síncero por lo que transmite. La falsedad es fácil de detectar. Quien pretenda mostrar empatía sin sentirla de verdad, puede acabar provocando el efecto contrario: que la persona se sienta engañada.

* Reafirmar lo que la otra persona ha dicho, intentando ser lo más fíeles posible, ayuda a que se sienta escuchada ("Creo que estas diciendo que...") "Si no me equivoco, creo que sientes que ..." También se sentirá escuchada si le pedimos que aclare cualquier punto que no acabamos de entender.

* Ser consciente de los propios sentimientos y opiniones, sin confundirlos con los suyos. Si has de compartir opiniones distintas, exprésalas después de haber intentando entender a la otra persona.

* Recordar que si estás con personas con problemas de salud física o emocionales, cuanta mayor es la empatía que sientan, mayor será su capacidad de salir adelante.

Jordi Pigem
Dr. en filosofía de la ciencia y
pensamiento ecológico

martes, 8 de octubre de 2013

RAZÓN Y EMOCIÓN UNA CONEXIÓN....

"Razón y emoción una conexión necesaria 
para vivir con plenitud"

No hay ciencia sin conciencia, razón sin corazón, dentro sin fuera... Todo está  en la naturaleza y en nosotros. Una sociedad guiada solo por el análisis, la tecnología o la productividad acaba ciega y sin la sabiduría necesaria para acoger a seres humanos completos en un planeta vivo y saludable.

Ignacio Abella
Naturalista

jueves, 3 de octubre de 2013

ENCONTRAR EL PODER INTERIOR

Todos hemos conocido a personas que destacan por su optimismo, su vitalidad y su armonía a prueba de adversidades. Son personas que hallan la fuerza en su interior, una seguridad personal forjada en la coherencia: vivir como se piensa, respetar los propios principios.

Gracias a la fuerza interna que late en cada uno de nosotros podemos sobrevivir a la adversidad y a las circunstancias difíciles. En épocas de crisis y desilusión, es esta fuerza interna, la que nos ayuda a remontar. Nuestra capacidad de superar situaciones críticas o catastróficas es extraordinaria. Tenemos un gran potencial que parece despertar en esas circunstancias.

La pregunta es ¿qué sucede con esta capacidad cuando las cosas van más o menos bien, en el día a día cotidiano? ¿Para qué, cuándo y dónde usamos el potencial que albergamos? ¿Acaso solo despierta cuando afrontamos dificultades? Parece que cuando estamos en "la normalidad" de lo cotidiano, caemos en el descuido y la pereza, perdemos nuestra claridad mental y nos debilitamos. Entonces, nos quejamos, criticamos y nos lamentamos. Se atrofia nuestra capacidad de vivir en plenitud y de no ser vencidos por las influencias que nos debilitan. El filósofo hindú, Rabindranath Tagore nos recuerda que:

"La vida es un río.
Tú eres la barca que fluye en el río.
Si dejas que el agua de la vida
entre en tu barca,
te hundirás en el río"

Cuando las situaciones nos influyen demasiado y entran en nuestro ser, ya no dominamos nuestra barca, perdemos el rumbo o, en el peor de los casos, nos hundimos. Nuestros pensamientos se debilitan y nuestros sentimientos son de agobio y de asfixia. La mente se dispara y no dejamos de preocuparnos. Nos distraemos y nuestra fuerza vital se disipa. Perdemos capacidad de atención y la energía se dispersa.

ESCUCHAR AL CORAZÓN

Para evitar caer en ese torbellino mental es necesario controlar nuestros pensamientos, tener claridad en las decisiones y no permitir que nuestros hábitos poco saludables nos dominen, lo cual, en gran medida, se consigue gracias a la meditación.

Por otro lado, nuestro poder interior reside en no pensar una cosa, sentir otra, decir otra distinta y finalmente, actuar de diferente manera. Tenemos que escuchar a nuestra conciencia, ya que es el verdadero timón de nuestra vida. Si la escuchamos, nuestras decisiones se basarán en lo que mantiene nuestra integridad y nuestra fuerza. Así, en las propias acciones lograremos expresar todo nuestro potencial ayudándonos a nosotros mismos y a los demás.

Cuando actuamos con una visión clara, con autoestima, confianza y serenidad, adquirimos también la capacidad de llevar a cabo todos nuestros propósitos con éxito. Al hacerlo de esta manera, nos sentiremos plenamente satisfechos.

Cuando por el contrario, lo que hacemos no es lo que pensamos ni lo que decimos, nuestras palabras pierden fuerza. Cuando un padre le dice a su hijo que no haga algo, pero él mismo cae en esa falta, su mensaje pierde sentido al no apoyarse en el ejemplo. El hijo escucha el consejo, pero puede ver que su padre no lo sigue, lo que siembra una duda en él. "¿Cómo es que él me aconseja esto, pero no lo práctica?"

En una cumbre sobre las amenazas medioambientales que tuvo lugar en la ciudad brasileña de Sao Paulo, un ministro de Medio Ambiente se disponía a hacer una ponencia. Mientras esperaba a que le diesen turno, se le podía ver fumando un cigarrillo tras otro, habló para proponer soluciones a la polución y, por otro, contaminaba el lugar con total desconsideración. Esta falta de integridad entre lo que uno piensa, dice y hace provoca pérdida de poder en la acción, falta de coherencia y grave disminución de la confianza en los demás.

CON CRITERIO PROPIO

A veces, confiamos más en lo que nos dicen que en nuestra propia conciencia y actuamos queriendo complacer al otro yendo en contra de lo que creemos que hay que hacer. El resultado es que nuestra acción no tiene fuerza de todo nuestro ser y su impacto se reduce o anula. Decidirnos y actuamos influidos por los demás y queremos complacerles. Entonces, tenemos expectativas, esperamos su aprobación y su agrado.

Nosotros elegimos cómo responderemos a los estímulos que los demás y las circunstancias nos provocan. Reconozcamos que somos responsables de nuestros pensamientos, palabras y acciones. Esta es la base inicial para recuperar todo nuestro poder interior. "La máxima victoria es la que se gana sobre uno mismo" nos dijo Buda.

Vivamos en armonía con lo que pensamos, decimos y hacemos. Para ello hemos de estar en permanente contacto con nuestras fuerzas internas, nuestra capacidad de ver, de discernir, elegir y decidir.

Miriam Subirana
Profesora de Meditación